
En estos días en que tanto se habla de las consecuencias que ha dejado en nuestro país la última dictadura militar, no podía dejar de escribir sobre la identidad. El tema de la apropiación ilegal de niños, de las torturas, de las desapariciones, -la lista se haría interminable- siempre me apasionó; hace unos años pude descubrir el porqué de esa pasión. ¿Cómo podía interesarme tanto un tema que no me tocaba ni siquiera de cerca? Pero un día escuchándome hablar sobre ello supe algo que ya sabía una parte de mi pero que otra parte no quería saber, allí comprendí -mas allá de las teorías- la importancia de las palabras que pronunciamos. Exceden este trabajo los motivos personales que despertaron mi interés en el tema, pero no quise dejar de destacar la importancia otorgada a la cuestión; importancia desde la vivencia propia.
Como ya sabemos la apropiación es un delito a diferencia de la adopción que es legal. Para el derecho la palabra "restitución" significa "volver un objeto a su lugar y reparar los daños ocasionados". ¿Pero podemos decir, en el caso de los nietos que han sido restituidos, que con el solo hecho de "volver a su lugar" se reparan los daños? Y digo volver a su lugar destacando las comillas porque en el caso de la apropiación ilegal de niños, no hay una vuelta atrás; una falta se puede cubrir pero no se puede vivir el tiempo que se ha perdido. Cuando hablo de una falta, de un vacío me refiero a la recuperación de la identidad. Y que mejor que las palabras de Juan, el último nieto recuperado, para describir lo que él mismo sentía: "Nunca tuve nada, siempre me faltaba algo". ¡Y sí, le faltaba su propia identidad y con ello le faltaba todo!
Juan, quien hace unos años era llamado por otro nombre, relata en un discurso que brinda frente a miles de personas en la puerta de la ESMA -lugar donde hace poco tiempo se enteró que nació- que desde siempre tuvo el deseo de llamarse Juan y que incluso un día antes de saber quien era él le comento a su novia que si tenían un hijo quería que se llamase Juan. El busca una explicación para ello y se le crea un dilema entre qué es lo innato y qué lo adquirido. Juan responde a su interrogante afirmando que su deseo de ser Juan estaba en su sangre. Permítanme contradecirlo. No esta en la sangre, ni tampoco es magia, simplemente -¿o debería decir trabajosamente?- es la fuerza de la psiquis humana. Aún desde antes de nacer nuestros padres nos otorgan un lugar, que puede ser el de un niño deseado, querido o tal vez de un niño no deseado, así como también un nombre, y hasta una suma de deseos propios. Todo ello junto a los primeros contactos con el bebé se inscriben en la psiquis constituyendo lo que se da en llamar huellas mnémicas. Cuando Juan nació la madre pasó unos quince días a su lado y les presento al resto de las detenidas a su anhelado bebé pronunciando el nombre de Juan. Ese nombre no estaba en la sangre; como dice León -Gieco- todo está guardado en la memoria. Y le agrego: incluso aquello que permanece como un saber no sabido.
¡Que difícil es buscar sin saber que se busca! Pero la verdad es la única libertad absoluta. Y ahora Juan, junto a otros hijos de desaparecidos que se han podido reunir con su identidad, pueden decir de una vez por todas que son libres.
La imagen se llama "Identidad III" y es de Emilio Utrilla.

